Dos semanas, aún todo duele. Tantas cosas que querría decirte y se vuelve todo un imposible, la impotencia ante el vacío. Te escribo en segunda persona como mensaje lanzado al aire. Querría hablar contigo, no le persona que te invento, sino con tu yo real, con el tú producto de mi imaginación, sino contigo porque precisamente eras, eres, una persona a mí, una persona que no soy y a la vez fuiste-eres mucho para mí, influiste en lo que soy. Y una gran persona, una buena persona. ¿Dónde está tu presencia real, tangible, aunque fuera tan sólo los días que venías aquí a La Palma y coincidíamos? La presencia real, física y emocional, no sólo el recuerdo, porque el recuerdo a veces es un hueco que da vértigo. El recuerdo de lo bueno, pero lo bueno también es algo que queremos aquí y ahora. Y tú era-eres lo bueno. Permíteme la osadía de poner tu fotografía, Leo, sentada en calma, mirando al mar. No sé si te embargaba la melancolía, si tenías paz interior, pero transmitías una paz en esos momentos. No sé ni que escribir, porque quería escribirte a ti, en concreto, pero ¿hacia dónde hablo? Tampoco supe qué decirte cuando era más necesario, mi miedo enorme a que las palabras dañasen sin querer, aunque alguna vez sí di con los términos necesarios y me lo agradeciste, y yo contento porque te hubiesen servido de ayuda, porque quería tu bien.
Y permíteme que publique esta fotografía porque ya estaba bien de que en estas redes no te hiciera ni un pequeño homenaje, más allá del poema que publiqué de las primeras sensaciones en crudo. Un pequeño homenaje con el que no voy a estar conforme porque jamás, jamás, estará a tu altura, a tu gran altura.
